Los sellos

En el colegio, la “seño” nos hizo construir una colección de sellos. Y digo construir porque teníamos que hacernos el álbum nosotros mismos con cartulina, papel de seda, encuadernadores de dos patas… y, finalmente, poner sellos. Entonces los pegábamos con cola, porque solo utilizábamos sellos usados.

Esta manualidad en la escuela (debía de ser hacia el año 1974 o así) fue mi empujón hacia la iniciación en la filatelia, el coleccionismo de sellos. Quizás al principio se parecía más a una colección de cromos, pero con el tiempo también se convirtió en una herramienta de aprendizaje: una manera de ver la cultura y la historia de un país desde otra perspectiva.

Enseguida te das cuenta de que la mejor manera de coleccionar sellos, aunque sean usados, no es pegarlos con cola en el álbum. Así es como aparece el primer álbum de tiras transparentes. Los primeros sellos eran usados y los buscabas por todas partes: del correo que llegaba a casa (cartas, postales), la familia —que ya conocía mi interés por los sellos— siempre guardaba unos cuantos para cuando nos veíamos.

Con los años, vas profundizando en ello y empiezas la colección seria de sellos nuevos, compras algún catálogo y dejas de pasar por el estanco a comprar sellos. Quieres sellos más antiguos que ya no están en curso y, por tanto, tienes que ir a alguna filatelia o bien algún domingo a la plaza Real, al Mercado de Numismática y Filatelia.

Mi madre empezó a trabajar en Correos y, en ese momento, tenía toda la información relacionada con las nuevas emisiones de sellos rabiosamente actualizada; incluso tenía los trípticos promocionales (que llegué a coleccionar) de cada nueva emisión de sellos de curso legal.

Por otro lado, mi abuela hacía tiempo que compraba cada año tantos ejemplares de cada nueva emisión como nietos tenía, con la idea de hacer una “inversión”. Los nietos fueron aumentando, así que la gestión de los sellos de mi abuela también se fue complicando. Mi madre era quien le llevaba los sellos —ya éramos once nietos— y yo me encargaba de montarlos en los álbumes de tiras transparentes. Como todo eso cada año se hacía más pesado, por Navidad la abuela ya nos regalaba directamente los sellos de cada año. Solo teníamos que preocuparnos de adquirir las últimas emisiones de diciembre.

Con el tiempo, quieres mejorar tu colección, no solo en el contenido sino también en la forma, y la trasladas a álbumes impresos: aquellos que ya indican en cada hoja qué sellos deben ir y dónde deben colocarse. La colección se convierte en un sistema delicado, valioso y artístico. Hasta que un día decides decir basta.

Cada año, Correos ha ido ampliando el concepto de filatelia: ya no son solo sellos. Primero con los “aerogramas” y las “tarjetas postales”; después, las “hojitas bloque”, los “sobres de primer día”, los “trípticos”…

Obviamente, todo esto implicaba un encarecimiento excesivo de la colección, y en el año 2000 decidí dejar de hacerla. A partir de ahí, solo hice esfuerzos para completar la colección de sellos hasta el año 1965, el año de mi nacimiento.

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